Acostumbrados como estamos a recibir palos de gente a la que cada movimiento nuestro enfurece pero luego no se pierden un sólo número, nos sentimos halagados -pero no bajamos la guardia- ante los parabienes que está recibiendo nuestro Vice especial Entrevistas. Modestia aparte, la verdad es que nos quedó bastante apañado. Lástima que por razones de espacio no hubiera más remedio que descartar unas cuantas entrevistas cojonudas, pero no hay mal que por bien no venga: ahora las podemos poner aquí en Viceland, inéditas y frescas, a disposición de la doliente Humanidad. Una de las que preveíamos como uno de los platos fuertes del número y tuvimos que dejar fuera es la que se centra en XAO (siglas, evidentemente), un hombre afable y culto al que los vaivenes del destino llevaron a una celda en un centro penitenciario en Quito. Enchironado casi seis años, XAO se buscó la vida como pudo rodeado de chungos para los que una vida vale menos que una chocolatina y... Oh, pero, ¿para qué resumir sus peripecias cuando aquí las podéis leer al completo? Hoy, mañana y el próximo lunes, pues debido a su extensión hemos dividido la entrevista en tres capítulos. Pues nada, ¡bienvenidos al trullo! Pasad, pasad, que os váis a enterar...
Vice: De modo que estuviste encarcelado en Ecuador... ¿Durante cuánto tiempo?
XAO: Estuve encerrado 5 años y 10 meses. Caí en diciembre de 1992 y regresé a España en 1998. Me encerraron en el Centro de Rehabilitación de Varones nº 2, en Quito. Al cabo de un tiempo conseguí buscarme mi lugar bajo el sol por allá, y por eso nunca llegaron a llevarme al Penal. Lo normal no es eso. Lo normal es que cuando se emite una sentencia te lleven al Centro º 1, el Penal García Moreno. Por cierto que el tal García Moreno era un hijo de españoles que llegó a ser presidente de Ecuador y tuvo una muerte bastante brutal: lo desmembraron. Ecuador está lleno de historias curiosas.
¿Cuál fue tu delito?
Tráfico de drogas. En el aeropuerto, a punto de volver a España, los agentes encontraron en la maleta lo que se suponía que no tenían que encontrar, y lo que yo creía que sería una anécdota que se saldaría con una multa y una amonestación me costó casi 6 años de mi vida. En aquellos tiempos yo tomaba cocaína frecuentemente, digámoslo así. ¿Si había calculado los riesgos de antemano? No. Nunca piensas en esas cosas. Si lo pensaras no lo harías. Para mí era un juego que se transformó en otro juego, con otras reglas.
¿Ibas solo o arrestaron a alguien más?
A mí y a otro. Si nos cogieron fue por culpa suya, por su exceso de prepotencia española. Había alardeado constantemente del asunto. La relación que teníamos se truncó ahí; si consideras que alguien es imbécil ya no quieres tener más tratos con él. Vaya, que si por culpa de alguien tengo que estar encarcelado varios años, evidentemente ya no voy a estar en su club de admiradores.
Totalmente de acuerdo. ¿Y qué pasó con él?
El centro era bastante pequeño y nos veíamos constantemente, pero yo incluso intenté estar en otra celda. Al cabo de un tiempo a él se lo llevaron al Penal. Lo último que le dije antes de separarnos fue, “Espero que no nos veamos nunca más porque te pegaré un puñetazo en la boca”. Ahí dentro no, porque no me interesaba tener más problemas de los que ya implica estar encarcelado.
¿Es dura la legislación ecuatoriana en materia de drogas?
Ecuador en esta materia era un país bastante... consagrado. Te podías pasar cuatro años en la cárcel por fumarte un porro, puedes creerlo. Todos los países cercanos a Colombia tienen una legislación curiosa, aprobada prácticamente por Estados Unidos. La legislación antidrogas de Ecuador fue aprobada por el Parlamento, pero el fax definitivo llegó de Estados Unidos. Es decir, intentan limitar a los vecinos directos de Colombia, tanto Venezuela como Brasil y Ecuador. Lo que pasa es que con Ecuador se esmeran. El tema de las drogas está mucho más perseguido que cualquier otro. Además, cuando viene la sentencia tiene que confirmarla el Tribunal Supremo, y hasta que eso sucede puede pasar mucho tiempo. Había gente que por un porro de marihuana había sido sentenciada a seis meses después de haber estado ya dos años dentro, y hasta que no se legaliza la sentencia pasan dos años más. Es decir, que estar encarcelado cuatro años en Ecuador por un porro no es infrecuente. Da igual si llevas 25 gramos de cocaína o 5 kilos porque te pasas todo el tiempo del mundo allí dentro.
Volvamos por un momento al aeropuerto. ¿Cómo te trató la policía? Todos hemos oido historias chungas de brutalidad policial...
Me detuvo la Interpol ecuatoriana, que dista mucho de lo que nosotros entendemos como la Interpol europea. Son bastante buitres. Mi equipaje quedó reducido en un 80%, me robaron la ropa y todo lo que pillaron, y eso en las dependencias de la Interpol. No te dan nada, hasta la comida te la tienes que comprar tú…. Hubo palos y torturas, pero bueno, tampoco de una manera muy dramática. Ya tenían las evidencias, no tenían que descubrir nada. Malos tratos sí, por descontado que hubo, pero llamarlo tortura… En fin, todo es tortura, pero era más que nada por decir, “Estamos aquí”, no porque tuvieran que saber algo en concreto. Mucho más adelante sí tuve la experiencia de ver cómo trabajaba la Oficina de Investigación del Delito (OID), lo que sería la Policía, y lo que ellos entienden por investigación, que desde luego era muy poco analítica. Se trata de comprobar hasta dónde aguanta el cuerpo del otro.
Eso suena como una historia que nos gustaría escuchar.
Esto lo ví en las terrazas del OID. Hasta los tíos más duros y más malos tiemblan cuando se los llevan a “investigar”. El caso es que al año y medio o dos años de estar en el Centro hubo un intento de fuga; de hecho viví varios, porque del edificio en sí era fácil irse, pero, curiosamente, la seguridad estaba en los propios presos. Es lo que ellos mismos llaman ‘sapear’, que sería delatar, informar a la policía. La mayoría de las veces las fugas de información ni siquiera eran premeditadas, sino resultado de hablar más de la cuenta. Los quiteños, en concreto, hablan mucho. Yo diría que son genéticamente bocazas. Los presos colombianos alucinaban con esta imposibilidad genética de cerrar la boca. En Colombia, a un preso que hablara tanto le habrían cortado la lengua y hecho tiras y dado de comer a sus hijos.
¡Genéticamente bocazas! ¡Ja, ja! ¡Muy bueno!
La historia es que hubo un intento de fuga, muy mal montado pero con elementos de película. Tenían una granada de mano. Alguien lo ‘sapeó’ a la policía y en el momento del registro la granada acabó escondida en una cama, en concreto en la mía. Bueno, eran literas de hasta tres pisos. Éramos hasta 65 personas en 28 metros cuadrados, y esto sólo se consigue a base de literas. Les poníamos unas cortinas y te hacías ahí tu miniespacio.
El caso es que la granada acabó en mi cama, la encontraron y nos llevaron a mí y a otros cinco a que nos investigara la OID. Lo primero que hacen es subirte a la terraza, en calzoncillos y a punta de metralleta. Yo me preguntaba qué hacíamos allí. Me enteré enseguida. Desde la terraza pudimos ver cómo ‘investigaban’ a un par de ladronzuelos: obligándoles a hacer flexiones, pegándoles con palos en las piernas…
Muy educativo.
Luego nos metieron a los seis en un cuartucho. A mí, curiosamente, ni me tocaron. Había mucha presión, yo creía que me iba a caer la del pulpo pero no me pusieron la mano encima. Ya sabían de quién era la granada, era de un colombiano, y que yo no tenía nada que ver con el intento de fuga.
¿Cómo era el día a día en el Centro?
La vida en el Centro era kafkiana. García Márquez, en su discurso de aceptación del premio Nóbel, hizo mención a Ecuador, que él llamó Absurdistán. Y es perfecto. En las cartas que yo escribía a España no ponía Quito o Ecuador, ponía Absurdistán. También cierto arqueólogo y aventurero alemán describió una vez Ecuador con este nombre: Absurdistán, un país de gente muy pobre que vive rodeada de riquezas y duerme tranquilamente sobre volcanes fogosos.
Al segundo día de estar allí vi cómo a uno le quitaban los dientes de oro a punta de fierro, que es como allí llaman al machete. La escena era contundente, como podrás imaginar. Muertos, yo he visto varios. Uno de ellos en un partido de fútbol al recibir un golpe en la cabeza. Esos partidos no tenían tanto que ver con el deporte como con las apuestas. Personas apuñaladas y muertas allí mismo llegué a ver unas cuantas.
Era un edificio colonial de dos plantas y un patio que había sido originalmente un cuartel español. Luego pasó a ser un colegio de monjas y después cárcel. Cuando era un edificio militar español la parte de abajo eran las cuadras y la de arriba las dependencias de la tropa. A mí me hacía gracia pensar que donde antes estaban las mulas ahora se encerraba a las otras mulas, es decir, a los que llevábamos droga. A los que vivían arriba se les llamaba los ‘porcelanas’, gente que estaba por delitos menores, y los de abajo éramos los malos, los traficantes y convictos de delitos mayores. Lo cual no quiere decir nada porque había dos escaleras comunicándolo todo y al final todo el mundo se mezclaba. Regía un cierto ecosistema basado en la presión que los de abajo, que no tenían nada, metían a los porcelanas, a los que azaraban. “Azarar” es un verbo que descubrí allí y se aplicaba a los que iban a buscar dinero o ropa o cualquier cosa que les pudieran quitar a los porcelanas y a los recién llegados.
Cada celda tenía su propio candado. Cuando llegaba la hora del toque de queda, se cerraba el candado de forma, digamos, oficial. Pero durante el día tú tenías tu propio candado para que no entrara nadie a robar. Todos teníamos nuestro candado menos la celda 8 Baja, que era la de los negros tirados, que como no tenían nada no lo necesitaban. ¿Candado? Se lo habrían fumado, seguro.
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A quién se le ocurre llevar la mandanga en la maleta, hombre de Dios. Donde hasta un ecuatoriano la puede encontrar.
Publicado por: carpanta | 27/11/08 at 22:35