Seguimos con la historia de XAO, el barcelonés que estuvo casi seis años enchironado en Ecuador. La primera parte de la entrevista la tenéis unos centímetros de pantalla más abajo; aun así, hagamos un breve resumen de los acontecimientos. En 1992, XAO, acusado de tráfico de drogas, es capturado por la rama ecuatoriana de la Interpol en el aeropuerto de Quito, cuando ya estaba a punto de volver a España. Los muy buitres le saquean el equipaje y luego transladan al Centro de Rehabilitación de Varones nº 2, que de tal tiene poco pues es una penitenciaría al uso. En el Centro nº 2 XAO descubre la dureza de la legislación de Ecuador en materia de drogas, cómo se las gasta la policía a la hora de sonsacar información, la importancia de no hablar más de la cuenta ante según que personas y el organigrama no oficial de reparto de roles y funciones dentro del presidio. Hasta aquí el resumen. Ahora, a leer la segunda entrega de nuestra entrevista. ¡Ar!
¿A ti te azararon cuando ingresaste?
Por supuesto. Al principio no me atrevía ni a salir al patio. Cuando eres nuevo y hueles a calle, como ellos dicen, van a por ti, sobre todo si te ven tierno e inexperto. No, sólo por ser europeo no. Conocí a unos cuantos españoles que ya eran curtidos veteranos que desde el primer día y a aquellos no le iban a toser. ¡De hecho, uno de los tíos más malos que había en el Centro era un español altísimo que había jugado al baloncesto en el Joventut de Badalona!
A mí, un día, uno me robó las gafas y me pidió rescate por devolvérmelas. Allí hay una madera amazónica durísima, el huayacal, tan dura que cuando golpeas algo con un machete hecho de ella saltan chispas, y estuve como 5 ó 6 días sacándole punta. Cuando acabé grabé en la hoja las palabras ‘Buena Educación’. Fue un capricho mío. Con buena educación se consigue todo. Pensé que si iba a seguir allí un montón de tiempo de esta manera, aunque no tenga nada que ver con mi carácter iba a ser una de dos: o me la dan o me hago respetar mínimamente.
¿Y conseguiste rescatar las gafas?
Conseguí rescatar mis gafas sin pagar nada, sólo diciendo, “Me es igual que me apuñales, hijoputa, porque yo sin mis gafas no vivo”, A partir de ahí, más o menos… Te iban azarando de vez en cuando, pero poco a poco vas formando parte del decorado y ya no eres una presa apetecible. Cada día van viniendo nuevos, gente que llega por una estafa y tiene la familia al otro lado del muro y saben que les van a enviar dinero. Tú acabas siendo parte del paisaje y hablas con los más malos, te paseas por el patio con ellos…
Le echaste huevos...
No es una cuestión de ser el más malo de la película sino de conseguir que te respeten. En el momento en que plantas cara la cosa cambia. Te planteas, ¿qué hago? ¿Vivo un montón de tiempo permanentemente acojonado o ya me es igual? Había un momento en que llegaba la Embajada de España y te apoyaba con una cantidad de pasta, pero eso era hacia el final. Al principio te daban unas bolsas de comida y tú se las pasabas a los más malos; ya no porque tuvieras la obligación sino para mantener un cierto equilibrio, un respeto.
¿Y qué hay de la política interna del Centro? ¿Las autoridades miraban hacia otro lado? ¿No había unas reglas?
Sí, claro, había un reglamento general perfectamente hecho para ser incumplido. Allí a los guardias se les llama guías y su actuación… Depende. Un apuñalamiento se consideraba algo normal. Muchas veces no era un apuñalamiento teledirigido sino producto de una lucha con los hierros de la cama, o con los huesos de ternera afilados… Aunque había gente que tenía unos cuchillos realmente muy profesionales. ¿Lo de la granada? Bueno, había un registro en la puerta, pero el concepto de seguridad que pueda haber en un Centro europeo no tiene nada que ver. Allí la máxima red de seguridad estaba en la red de chivatos; que no es que fuera una red de chivatos, era una red de bocazas, como ya he dicho. En especial los quiteños, sólo por conseguir un poco de estatus o por hacerse notar. No es que les entrenaran, es que eran así. Los colombianos decían que a un quiteño tienes que pegarle una hostia para que hable y dos para que calle.
Luego había unas cuantas reglas que sí estaban claras. A las 6 de la mañana te levantaban y pasaban lista; después te hacían cantar el himno nacional de Ecuador, cosa que como comprenderás yo me abstuve de hacer desde el primer día; y luego, por la tarde-noche, te cerraban oficialmente. Supongo que lo típico de cualquier centro penitenciario del mundo, porque llamarle rehabilitación a eso… Al margen de estas normas generales, cada celda tenía sus propias reglas, que más que eso eran pautas de convivencia, y su propia personalidad. Una cierta idiosincrasia. Estaba la celda de los narcotraficantes extranjeros y una celda que era la de los reconvertidos, los que se habían convertido al Evangelismo. Que había mucho cuento al respecto… La 6 Alta era la de los hormonados, o sea, los travestis. Se le llamaba la celda rosa y era el puticlub del Centro. Los tres primeros años yo estuve en la parte de abajo, luego mi estatus en el Centro mejoró y pasé a la mejor celda, la 3 Alta.
Cuéntanos cómo conseguiste esa mejora.
Fue porque sabía de ordenadores. En Administración había un ordenador prehistórico, te estoy hablando de la época del 386 o el 486... Verás, la administración interna del Centro estaba muy estratificada. Estaba la parte de Administración, que estaba abajo y era de lo más turbio, por decirlo de algún modo, y arriba estaba lo que sería la parte médica y de trabajo social, que dentro de lo que cabía era más humana...
Perdón por interrumpir, pero ¿a qué te refieres con ‘turbio’?
El Departamento de Administración era un coto cerrado de la indolencia y la corrupción. Para tramitar las cosas más sencillas tardaban muchísimo. Había gente que podía estar encerrada 6 meses más de la cuenta porque en su momento los burócratas no redactaron un documento o no movieron un papel de un escritorio al otro. No me refiero a la parte judicial, hablo de los mecanismos internos. Auténticas burradas. Absurdistán. Durante mi estancia en el Centro se montó un comité interno que llevaban un judío portugués y un colombiano, pero ellos estaban por delitos menores, estafas y esas cosas, y yo, como supuestamente era peligroso, no me podía apuntar. A mí a veces me llamaban de España y no me pasaban la llamada porque, por mi supuesta peligrosidad, no tenía acceso a las oficinas. A la biblioteca tampoco tenía acceso.
Ya vemos.
Dos años y medio después de mi llegada entró un mexicano, también por narcotráfico, y entre los dos intentamos acceder al ordenador. Aprovechando una fiesta que hubo, su madre, que era una cantante de rancheras famosa en Miami, hizo un concierto en el Centro, y como compensación el hijo mejoró de estatus. Se le permitió el acceso a las oficinas y hasta utilizar una vieja máquina de escribir Remington que tenían. Empezamos a enviar cartas a organizaciones extranjeras solicitando cualquier subvención o donativo de material que nos pudieran enviar, y tuvimos suerte. La embajada británica regaló al Centro un ordenador. Uno nuevecito y completo con impresora láser, palabras mayores por aquel entonces. Bueno, pues ese ordenador se pasó dos meses tapadito en una mesa del centro de trabajo social que yo, desde la verja, veía a través de una ventana. Nadie lo tocaba. Era un donativo que habíamos conseguido y nadie lo tocaba. No es que nadie supiera manejar un ordenador… Pero los que lo habíamos conseguido éramos nosotros. Yo me tiraba de los pelos. ¡El ordenador nuevo, cogiendo polvo porque a nadie le daba la gana sacarlo de la caja!
Descorazonador, por decir algo...
Un día transladaron al mexicano al Penal nº1. Según me decía en una carta vivía muy bien; tranquilo, porque estaba menos masificado y adiós, Mr. Magoo, como me llamaba. Yo seguía viendo cada mañana el ordenador. Un día pedí hora al psicólogo y le dije, “Mira, yo soy bueno con ordenadores. Lo hemos conseguido nosotros. Ya sé que que mi delito es muy peligroso, pero lo veo ahí, además con impresora laser, y es que se me saltan las lágrimas. Se podrían hacer muchas cosas, todo el mundo redacta los documentos a máquina, se retrasan las cosas… Sólo para no hacerme ilusiones: por favor, que se use el ordenador. Yo u otra persona, pero que se use”. E inesperadamente el doctor me apoyó. Se me aceptó en la oficina, con todos los resquemores del mundo pero se me aceptó. Para mí fue un cambio sustancial. En vez de estar vagando todo el día por el patio dándole vueltas a la cabeza me iba a las 8:30, la hora en que abrían la puerta, y me estaba allí hasta que cerraban haciendo cualquier cosa: documentos oficiales, cartas al abogado, cartas de amor...
¿Cartas de amor?
¡Sí! A veces me venía algún compañero de celda y me decía que se había peleado con su mujer, o con la sucursal, que es como llamaban a la amante, y que le escribiera yo una carta. A mí me parecía encantador; además, con tal de pasar el día, cualquier cosa. Yo sólo pedía papel y un bolígrafo. Entonces a lo mejor iba el otro a azarar a uno nuevo, conseguía el papel y el bolígrafo y yo escribía la carta (risas).
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