Puede que no lo parezca porque empleamos palabras esdrújulas y sacamos fotos en contrapicado, pero en el fondo somos unos pedazos de acémilas más bastos que la piedra pómez que experimentan confusión y fruncen el ceño ante cualquier propuesta que nos llegue adjetivada como “elegante”, “sugerente”, “exquisita” y, válgame el cielo, “sensible”. ¡Ridiela! Ante la sensibilidad y la exquisitez solemos reaccionar alzando el cayado y dejándolo caer con fuerza. No lo hemos hecho esta vez porque, en fin, todo el mundo evoluciona y hasta nuestro índice de vello corporal comienza a remitir, y porque los responsables de la propuesta nos merecen confianza a pesar de su elección de adjetivos.
Es el hombre que en nuestra revista ensalza o hace trizas libros, libritos y libracos, cómics, fanzines y folletos, y sólo por eso ya merecería nuestro más fervoroso aplauso puestos en pie. Sí, es verdad; Rubén es uno de los nuestros, y aquí cuidamos de la familia. Capici? Pero ojo, que el señor Lardín es también un hombre que ha leído de todo y en cantidad, más que yo y posiblemente que tú, y algo se le ha quedado. ¿Algo? No. Mucho. Además de artículos, reseñas y guiones, Rubén es autor de varios libros, y este miércoles día 28 presentará su obra más reciente, Imbécil y Desnudo, en la sección de libros de la FNAC Triangle (Barcelona), y el martes día 3 de febrero en la FNAC Callao de Madrid.
Si asistís al magno acto le conoceréis en carne y hueso, estrecharéis su mano si os deja y podréis preguntarle cosillas. Como, por ejemplo, qué diantre es eso de la descojonación.
Hace dos años le pedí a mi madre su bolsa de viaje. Es perfecta porque cumple los requisitos de tamaño para el equipaje de mano de todas las líneas aéreas, además de que es lo bastante grande como para meter la ropa de una semana, el ordenador, libros y toda la porquería que quieras gracias a los bolsillos que tiene. La usaba un montón, era la bolsa de viaje perfecta. Mi mamá me la pidió de vuelta y al cabo de dos años decidí devolvérsela. Vacié los bolsillitos, la puse del revés y, ¿sabéis lo que cayó de repente? ¡Un puto cuchillo!
Llevaba buscando al pequeño hijo de puta desde que lo compré en un poblado Uygur al oeste de China. Está afilado como el infierno y tiene sospechosas inscripciones en árabe. Lo primero que me vino a la cabeza fue: “¡No quiero ni pensar lo que me habrían hecho si llegan a dar con él!”, y lo segundo: “¿Cómo DEMONIOS no lo pudieron ver?” ¡Esta bolsa ha pasado por los controles de seguridad de los aeropuertos de New York, Londres, París, Beijing, Shanghai, Berlín y dios sabe dónde más y ninguno lo ha podido detectar! Se lo comenté a unos amigos, a ellos les pareció la mar de normal y pasaron a relatarme situaciones parecidas. Aquí os dejo una lista de cosas prohibidas que pasaron sin problemas por los controles de seguridad y otra aún más ridícula de productos que les fueron confiscados siendo completamente inofensivos.
Como no somos tan viejos no los hemos vivido, pero todo indica que lo que explican los libros es cierto: los que comprende la Edad Media fueron siglos lúgubres durante los que la media de vida del personal era inferior al de la mosca del vinagre, los cuerpos eran cúmulos de llagas y costras y más valía andar más recto que un palo porque de lo contrario te acusaban de servir al Maligno y transformaban en menos que canta un gallo en forzoso ninot de Fallas valencianas. Una etapa histórica tirando a chunga, sí, pero no exenta de puntos positivos. Para empezar, la gente sabía divertirse: sin televisión, sin internet y sin haberse siquiera inventado el mus y el tute, grandes y pequeños disfrutaban de vez en cuando de unas justas maravillosas en las que caballeros de reluciente armadura y vistoso penacho se daban de mamporros hasta sólo quedar uno en pie, magullado pero con un honor que cualquiera le tose. ¡Qué espectáculo!
¿Habéis gozado ya del honor y el placer de hojear el último número de Vice? Para que nos entendamos: el de la chica de bien formado pompis leyendo absorta en el catre. Muy bien, entonces no descartamos que hayáis reparado en esos tres tipos de aspecto enajenado que responden al nombre de Cuzo y son una de nuestras grandes apuestas de la temporada en el terreno del rock psicodélico de raíz setentera con inspiración cinematográfica & progresiva & rara. Es un epígrafe en el que sólo figuran ellos, pero eso no les invalida; al contrario, subraya su condición de únicos en su especie, al menos por estos lares. En fin, valga la parrafada para hacer saber a amigos y simpatizantes que estos fans de las pastas Giallo presentarán su espatarrante disco de debut, Amor Y Muerte En La Tercera Fase, en riguroso directo este jueves día 22 en la sala barcelonesa Sidecar. Previamente abrirán fuego Sons Of Bronson, brutos y ruidistas pero campechanos. A las 22 h se empieza, y se acabará cuando se termine.
Lo del culto a Obama ya pasa de castaño oscuro, y no es una broma racial, por Dios, tranquilos. Supongo que los norteamericanos deben odiar profundamente ese cinismo típicamente europeo (si es que un tío de L’Hospitalet puede tener algo que ver con lo “típicamente europeo”) que juzga siempre desde cierta superioridad moral a los norteamericanos y que, por supuesto, hace meses que se burla de esa “corriente de ilusión y positivismo que está regenerando el alma de los Estados Unidos”, etc, etc. No va por ahí la cosa.
El viernes pasado nevó en Madrid un poquito más de lo que se esperaba, así que cerraron el aeropuerto dejando a los pasajeros tirados sin posibilidad de volver a casa, la mayoría tendidos sobre unas cuantas bolsas de viaje, durmiendo en el área de retirada de equipajes y, en general, abandonando todo amor propio y sentido del decoro.
Takahashi Meijin es un jefazo. En su vecindario le tienen envidia. Aquí también se la tenemos. Sana, pero la tenemos. Y le profesamos franca admiración. Takahashi ostenta el récord mundial de button-mashing, siendo capaz de pulsar un boton 16 veces por segundo. Ni el pelmazo que reparte propaganda y llama todos los días a mi timbre para que le abra llega a tanto.
Ahora imaginad esto pero aplicado a los encallecidos clítoris de Jenna, Sasha Grey o Belladonna. O el de la novia buenorra de ese colega tuyo tan afortunado como cabrón.
Resulta que has vuelto al trabajo después de tus vacaciones más largas en quince años. Qué felicidad. Bueno, verás: mientras desenvolvías regalos con manos torpes por la borrachera y discutías con tu pareja justo en el momento en que el reloj señalaba el cambio de año, el mundo estaba ya en pleno proceso de cambio. Y tú sin enterarte... Pero no te preocupes, que aquí estamos nosotros para ayudarte a evitar que tus compañeros del curro piensen que te has pasado los últimos días viendo la trilogía de Spy Kids. A ver, ¿cuál es el tema de conversación más popular ahora mismo en la oficina? El frío, sí. La crisis, vale. El fútbol, claro. Y la pelotera que se ha montado en Gaza, por supuesto. Al final se ha liado, como ya se veía venir, y en una semana Gaza se ha convertido en un montón de ruinas humeantes. La mayoría de los inmuebles ni siquiera estaban asegurados, joder. Tranquilízate, tú no puedes hacer nada, así que intenta centrarte en lo que realmente importa, que es saber lo que vas a decir para parecer súper-enterado sobre la situación en Oriente Medio cuando os reunáis de cháchara alrededor de la máquina de cafés.
Ahí estábamos Gael García Bernal, su compañera embarazada, mi novia y yo el día de Año Nuevo sentados en el cine, viendo la que según el póster es “La mejor película indie americana en años – una joya”. La verdad es que no fuimos a verla con Gael y la chica (se sentaban dos filas de asientos más allá), pero no creo haber mentido: los cuatro estábamos allí. Mi novia se había enfurruñado porque nos habíamos tenido que sentar muy cerca de la pantalla, pero en primer lugar fue ella la que insistió en ir al cine en vez de ir a tomar una cerveza y un frankfurt como sugería yo. Y en segundo lugar, nadie tuvo la culpa de que la cola para ver My Blueberry Nights fuera larga y tuviéramos que entrar a ver la otra. Bueno, a ella se le pasó el mosqueo en cuanto se percató de que por ahí pululaba Gael García Bernal, así que no llegó la sangre al río.
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